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Jul. 25th, 2008

  • 5:21 PM
muerte

Cruciatus: la maldición torturadora.

 ¡Y el más grave dolor

Es ignorar por qué,

Sin odio, sin amo,

Lleno está de dolor!

 De pronto el salón se oscureció por completo, y me pregunté qué estaba sucediendo en el lugar. Intenté prender la luz, después de todo el interruptor se encontraba a mi lado, pero nada aconteció. De seguro se cortó la luz en éste lugar, pensé con total inocencia, mas cuando iba a salir del pequeño salón, en el cual me encontraba escribiendo, me topé en la puerta con un calido bulto que hizo que me cayera hacia atrás.

 
-¿Quién eres?- Mi voz temblaba de solo pensar en la oscuridad y el frío que de pronto había comenzó a cubrir mi cuerpo ¿Será que la persona parada en la puerta de salida la causante de todo esto?

 - No me conoces, no vale de nada decirte- Tenía voz áspera, del tipo que te da una vibración cuando la escuchas. Era Hombre, alto y no le conocía.

                                    

- ¿Qué haces aquí?- Me asustaba la idea de estar a solas con un tipo que ni siquiera conocía, ni siquiera sabía su nombre. Yo continuaba tirada en el piso rogando que no se tratara de algún enemigo, o peor, un mortifago.

 

- Es un lugar público ¿No crees? Tengo total derecho a estar acá- Me respondió, y su voz parecía ser una constante burla hacia mí.

 
Era verdad, era un lugar público en donde me encontraba. La biblioteca del valle de Godric era mi lugar favorito de entre muchos otros lugares, y a la vez era mi lugar de trabajo. Si,  yo era la bibliotecaria, era la nueva ya que Mis Ferry había renunciado por falta de profesionalismo. En fin, el lugar era público pero a esas horas la biblioteca ya estaba cerrada, y yo estaba encargada de ordenar los libros, lo cual hacia un rato y luego escribía.

 
-La biblioteca cerró hace más de dos horas. Llegas tarde- sentí que el intruso se estaba moviendo por entre las mesas, y yo continuaba tirada en el piso como una inútil.

 -Vengo a buscar algo pequeño nada más- Sentí la voz de aquel hombre a mis espaldas. Me levanté del suelo con cierto dolor físico, y apesadumbrada con aquel hombre que ni siquiera se había dignado a ayudar aun cuando no había luz podría haber dado alguna muestra de empatía para conmigo.

 -Ven mañana- ya estaba de pié, intentando ver entre la oscuridad al desacertado “Caballero”. Mis ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra que cubría todo el salón, y la luna llena ayudaba bastante para reconocer la ventana nada más.

 - ¿Qué es todo este lugar?- La voz del extraño estaba demasiado cerca de mí, incluso pensé que estaba susurrándome al oído ¿Es que acaso no sabía en dónde estaba?

 -Es la biblioteca- contesté yo

 Y no hubo más charla por parte del hombre extraño, que ya no era tan extraño para mí.

Tuve que agudizar mi oído. El hombre daba pasos largos y en un par de minutos recorrió el lugar, descubrió todo acerca de mí y del lugar en donde realmente me sentía segura.

 Dejé de sentir miedo. Deje de lado mi inseguridad, después de todo  el sujeto había demostrado ser bastante civilizado. Lo sé, era una noche muy oscura, no había luz, y ese señor había aparecido en una situación bastante sospechosa.

 -Es un lugar muy agradable- Halagó luego de volver al frente mío

 -Lo sé, por eso siempre me escondo acá- Contesté orgullosa de mis acciones

 -No deberías. Es un lugar peligroso como para encerrarse-  Sentí la leve corazonada de que no estábamos charlando acerca de lo mismo.

 - ¿Qué mal podría pasarme?- pregunté un tanto escarnecida, y otro tanto estremecida.

 -Podría entrar un intruso, y entre penumbra asesinarte- temblé ante aquella aclaración. Temblé de solo pensar en morir con un Avada kadabra en mi cuerpo. Me sentí helada y engañada, como pocas veces me había sentido en mi vida

 -¿No crees que la muerte es un castigo demasiado duro para alguien que no ha cometido ningún tipo destrucción? ¿Piensas asesinarme con un avada kadabra?- Mi voz trepidaba a cada nueva palabra que salía. Mi única reacción fue comenzar a buscar mi varita, comencé a buscar algo que me salvara de aquel sentimiento.

 Sentí que el extraño se comenzaba a cercar a mí, y con un suave movimiento posó su mano en el costado derecho de mi frente ¿Qué estaba haciendo aquel intruso?

 -¿Sabes algo?- Preguntó él, mas no esperó a por mi respuesta sino que continuo hablando- A mí también me parece que la muerte es algo demasiado…fácil.-Su mano fría se deslizó hasta mis labios. Entre tanto miedo y terror, sentí cariño y afecto ante aquella caricia traidora.

 -¿Quién eres?-Nuevamente presione mi varita como si aquello me devolviera esperanza. Yo sabía que debía salir corriendo del lugar, pero mi cuerpo no se movía, mi instinto y alma  querían quedarse.

 -Yo soy sufrimiento…, soy aquel desconocido que entró por aquello puerta. Soy a quien muchos temen. Sinceramente no te puedo decir quién soy, pero si te puedo decir que he venido a hacer- él se autodenominaba sufrimiento ¿No era aquella demasiada información como para salir corriendo?

 -¿Qué debes hacer?- Sentí su helada mano retirándose rápidamente de entre mis labios, como si él hubiese preferido que corriera.

 -Debo matarte- Engañando a mi mente y mi alma comencé a correr, esta vez corriendo por mi vida.

 ¿Es que acaso no había presentido aquello desde el principio? ¿Qué es lo que motivo a quedarme con aquel extraño tanto tiempo?

 Mis piernas se movían lo más rápido que podían, pero él era más rápido aun por que con un simple hechizo paralizador logró que cayera al suelo.

 Nuevamente estaba en el suelo.

 -¡Crucio!- gritó el intruso apuntándome con su varita, y en medio de aquella plomiza imagen  pude reconocer aquel rostro. Mi mente divagó y relacionó la voz, el perfume y la mano, y todo me calzo a la perfección: él era a quien yo había cuidado en su enfermedad; él alguna vez fue mi paciente en mi propio hogar

 Pero ya era demasiado tarde.

 La Luz roja me dio de lleno en el pecho, por lo que la maldición fue cubriéndome de forma rápida y eficaz en un par de segundos. Las afiladas cuchillas guillotinaban mis brazos y pierna con culpa y dolor. En mi mente solo existía tres palabras: Amor, dolor y odio. Pronto comencé a sentirme más muerta que aun estando muerta, intenté no perder el control de mis emociones pero pronto, de a poco casi en forma de susurro, la muerte comenzó a cubrirme. Comencé a extinguir mi vida como un cigarrillo tirado, vaciado en un tifón.

 La maldición actúa sobre ti hasta que el ruin que te la lazo te deja en paz. No es hasta que es retirada la varita que el verdadero dolor, el cual comprimido te hace agonizar, se libera causando convulsiones y desfallecimiento. Aun con la maldición comprimida intentaba abandonar mi cuerpo, ser libre, ser un extinto más. Mas cuando retiró la varita me pude derrotar en el piso, en otras palabras, sentir el verdadero dolor que produce la separación…la soledad.

 Me quedé tirada, luchando por mantenerme cuerda y parecer resistente ante mi justiciero. Sentí mis brazos sangrando, mas aquello era imposible. Sentí odio, un profundo y sangriento odio hacia aquel intruso, que en realidad nunca fue intruso.

 Intenté moverme pero mi cuerpo aun sufría y se oponía a cualquier esfuerzo. Mi boca estaba seca y muerta, no por la maldición sino por el recuerdo de aquella caricia que se posó en ese lugar unos momentos atrás.

 Sentí pasos, él se estaba acercando ¿Es que acaso se iba a dignar a asesinarme? ¿Me iba a hacer aquel favor? Pero mis esperanzas se fueron al tacho de la basura y pensé “de seguro me va a agredir aun estando en el suelo”

 -Melancolía- Me llamo por mi nombre- Realmente no deseo asesinarte- Me sentí absurda tirada en el piso, me sentí como una cucaracha aplastada ya sin ánimos de vivir.

 -Amor- le llamé yo, como en aquellas épocas de antaño en donde era él quien exigía de mí- realmente ahora deseo morir- Intente verle en la oscuridad ¿Es que acaso descubrir que lo desconocido en realidad es conocido me iba a ayudar a verle entre las sombra?

 Vi brillar, lo que yo relacioné, sus ojos. Me senté, y fue en ese momento cuando sentí el verdadero dolor que causa el darse cuenta de la realidad.

 Palpé mis brazos buscando rastros de alguna herida, de alguna señal que demostrara mi dolor, pero no encontré nada entre mis extremidades. Busqué sangre en mis piernas, algo que demostrara, o mejor, que expulsara todo el dolor interno que estaba sintiendo, pero no había nada que me ayudara a liberar dolor…ni una mísera lágrima quedaba. No encontré marcas que demostraran la lucha que había tenido esa noche, para el resto del mundo sería algo inexistente. No había nada visible en mi cuerpo sangre o heridas, nada que fuera visible para el para la humanidad.

 -No melancolía, tú sufrirás tanto como he sufrido yo- Susurro el individuo traicionero mientras iba saliendo del salón.

 Una cosa simple sé:

 Tal vez El salón no haya sido el nombre de aquel lugar, pues nosotros noblemente le llamamos corazón. Tal vez El intruso no era un mortifago, de seguro no lo era, pero su nombre ya no lo deseo recordar. Lo que me concierne de la oscuridad les puedo asegurar que no era un simple apagón, sino más bien La ceguera que causa el amor. Y tal vez el hechizo no se llamaba crucio sino que simplemente era El Amor.

 

Llanto en mi corazón

Paul Verlaine

 

Llanto en mi corazón

Y lluvia en la cuidad

¿Qué lánguida emoción

Entra en mi corazón?

¡Dulce canción de paz

La de la lluvia mansa!

Para el dolor tenaz,

¡Oh, qué canción de paz!

¿Qué motiva el sufrir

Del corazón hastiado?

Si n le vino herir

Traición, ¿Por qué sufrir?

¡Y el más grave dolor

Es ignorar por qué,

Sin odio, sin amo,

Lleno está de dolor!

 

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